Un Bizcochito en San Juan
Un gay demasiado straight en San Juan, Puerto Rico
ELBIZCOCHITO.COM

Parque Central


Uno de mis deportes favoritos es el tenis. En todos mis recuerdos desde mi niñez, siempre está presente una raqueta de tenis. Mis primeras raquetas fueron unas Wilson de madera con la firma de Jimmy Connors. Las recuerdo muy bien, porque de vez en cuando, Mami me daba unas pelas con la primera que agarraba.

Creo que algo que han tenido en común la mayoría de mis panas es que jugamos tenis. Todos excepto Robles y Armando. A Robles las raquetas que le interesan son las que tienen un grip de por lo menos 8 pulgadas y Armando no había manera que él le diera a las bolas.

Desde que era un chamaquito me iba en guagua al Parque Central de San Juan a jugar tenis casi todos los fines de semana. Lo irónico es que desde que tuve mi primer carro, las visitas al Parque fueron menos frecuentes. Hoy día casi no juego tenis. Mis pocas visitas al Parque Central ahora son para llevar a uno de mis sobrinos a practicar el juego.

Todos mis panas gays me han hecho unas clases de cuentos de cosas que le han pasado en el Parque. Siempre quedo bruto, porque las cosas sexuales en lugares públicos para mí es un turn off cabrón. Además, al Parque Central yo voy simplemente a jugar tenis. Y no se crean que son solamente los gays que me han hecho estos cuentitos.

Con la fiebre de jogging que le dió a este pais hace años atrás, también vino una fiebre de meter cuernos, que se originaron todos en el dichoso Parque Central. Así que mis mujeres engañadas, si tu maridito te vino con este cuentito, te aseguro que eres una cabrona deportista.

No recuerdo bien si ese día estaba en el Parque con Mami y mi sobrino, estoy casi seguro que sí. Era un día de semana que estaba de vacaciones de hace par de veranos atrás. En un momento que fuí al baño, noté que un tipo me seguía.

El Parque Central ha cambiado notablemente desde mis días que me montaba en la AMA para ir a  jugar tenis. Lo que no ha cambiado son los baños cerca de la cancha principal de tenis. Están idénticos. Recuerdo haber estado algunas veces en esos baños con Armando, cuando traté de enseñarle a jugar con las bolas Penn y con mis bolas.

Cuando llegué al baño me encontré con un tipo guapísimo que las pocas veces que lo había visto anteriormente había sido en Tía María. Me ponía grave, porque me parecía bien macharrán. Creo que cuando me vió me reconoció y que se le paró el bicho. Fué algo instantáneo, sin palabras. Mi reacción inmediata fué acercarme a él, que se estaba lavando las manos. Nos miramos fijamente y cuando iba agarrarme el bicho, entró al baño el tipo que me estaba persiguiendo. Me dió la impresión que se conocían.

El tipo que entró fué directo a una de las duchas que tienen puerta y nos invitó a entrar. No sé cómo me dejé arrastrar, pero tenía a esos dos machos mamándome el bicho en una de las duchas de los baños del Parque Central. Estaba tan nervioso que empecé a buscar la manera de salir de allí. Me decepcionó el macharrán que siempre había visto en Tía María. No tenía necesidad de hacer eso y tenía una mierda de bicho.

Les quité el bicho de las bocas a los dos y sin decir nada me fuí de ese baño. Los ví salir también, me imagino que buscando otros bichos.

Regresé al Parque Central unos meses depués a buscar una solicitud para unas clases de tenis para mi sobrino. Ese día me tiré a un tipo casado, que estaba en el Parque tomando fotos.

El día del derrame


Hacía tiempo que no veía al Licenciado. Las visitas a su apartamento se iban disminuyendo a medida que me clavaba a todos sus amigos.

Hacía tiempo que el estudiante había superado al maestro. Usaba su apartamento de motel, cuando aún no había comprado el matadero. Allí llevé a los machos que me conectaba por Internet o en la calle. A veces lo dejaba mirar, sorprendido por mis presas de caza.

Hacía tiempo que no le hablaba de Armando al Licenciado. El me enseñó a nunca volver a tener pena de mí mismo. Por nadie. Me endureció y recibió de mí, el más despiadado rechazo.

Hacía tiempo que no tenía sexo con él. Ya no me gustaba. Me buscaba para pedirme que sólo fuera a su apartamento a abrazarlo. Muchas de estas veces, terminaba clavándolo porque ahora la pena era hacia él.

Hacía tiempo que no lo llamaba. Desesperado se atrevía a llamar a mi casa para sólo oir mi voz. Siempre terminaba cantándome un bolero.

Hacía tiempo que le negaba mi presencia. Ese día estuvo presente en mis pensamientos, lo veía en todas partes y lo confundí con mi sombra.

Esa noche lo llamé. Me contestó su ama de llaves y me dijo llorando que el Licenciado iba camino al hospital, porque había sufrido un derrame cerebral.

Mi Boricua Rico


Uno de los machos mas espectaculares que me he tirado en los baños de Fort Lauderdale fué un colombiano que parecía un galán de telenovelas venezolanas. Lo tenía todo, pelo, cara, ojos, boca, cuerpo, menos estatura. Era un poquito más alto que yo.

Era bello de verdad. Creo que se llamaba Daniel. Yo estaba dando la ronda con Robles, jodiendo con un viejo que tenía unas bolas que le llegaba hasta el piso. Sólo espero que si llego a tener las bolas así, yo esté en Atlantis con dos enfermeros recogiéndomelas.

Dando la ronda me tropecé de frente con este galán blanquito con una sonrisa brutal. Cuando Robles vió la jugada, me dejó sólo con él.

Me dijo “Hola” y me preguntó mi nombre, en un acento colombiano brutal. Le dije que Johnny y le pregunté de qué pais era, para estar seguro. Me dijo que vivía en Miami, pero que era de Colombia. Luego me preguntó lo mismo. Le dije que estaba en Miami de vacaciones, y que “soy de Puerto Rico”.

Me contestó con un coqueto Boricua. Me reí y le pregunté si quería acompañarme a mi cuarto. Me dijo que sí, mi Boricua Rico.

Me quité mi toalla y el macho seguía repitiendo mi Boricua Rico, mientras se quitaba la suya. Nos tiramos a la cama agarrados, desnudos, besándonos como locos. Su piel era suave como la mía, completamente lampiño. Yo tenía mas bicho que él, pero el suyo era derechito.

Me lamió todo el cuerpo. Parecía que realmente me quería comer. Se tragó el bicho mío completo. Luego me levantó las piernas y me mamó el culo bien cabrón. Quería metérmelo, y me dió por reirme porque parecía un chihuahua desesperado.

Lo dejé que jugara con mi culo. Me metía la puntita del bicho. Lo tenía loco. Traté de jugar con su culito, pero no se dejó. Definitamente éste quería partirme en dos.

Realmente no me gusta que me claven. No me considero versátil. Lo he hecho. Generalmente han sido machos que a la clara había que hacerlo.

La primera vez fué con un macho que me conecté en la calle en la casa de un panita. Lo llevé al apartamento del Licenciado. Ese hijeputa me dejó el culo hecho una chocha, con el Licenciado de testigo. Eso es un macho, que domina a otro y lo deja esbaratao. De la experiencia aprendí como se jode un culo de verdad.

Tenía a Daniel sobre mí, con la punta de su bicho en mi culo, rogándome que se lo diera. Puñeta, que se joda, que se lo goce, mi Colombiano Rico.

Un animal anda suelto por la cam



Crazy BiGuy: q ahi papi

 

Johnny Boy: ea papa

Johnny Boy: como estas?

Crazy BiGuy: todo bn y tu pa

Johnny Boy: bien, pasé casi todo el fin de semana aqui tranquilito

Johnny Boy: digo, el viernes jarté al animal con dos culitos haha

Crazy BiGuy: y cuando el mio

Johnny Boy: estoy loco por hacerlo desde que te ví en la disco con tu amiga

Johnny Boy: él de por la mañana era un chamaco de la upr que tenia en el msn y él de la noche un arabe americano que conoci el miércoles en Eros

Crazy BiGuy: pon tu CAM pa verte

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Crazy BiGuy: mmmmmmmmmm

Crazy BiGuy: yo quiero ese huevo Puñetaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Johnny Boy: estoy loco por macetearte

Crazy BiGuy: y yo por mamartelo y lambertelo

Johnny Boy: papa tienes que haber visto como me macetee al chamaco de la upr

Johnny Boy: supuestamente top

Crazy BiGuy: q le hcistes dime

Johnny Boy: papa le di bicho

Johnny Boy: lo puse a mamar

Johnny Boy: me mamó el bicho las bolas y el culo

Crazy BiGuy: eso quiero hacerte yo

Crazy BiGuy: yo soy muy bueno en eso

Johnny Boy: papa, primero me lo clave sentadito en este bicho

Crazy BiGuy: y q mas cabrón

Crazy BiGuy: sigue papi

Crazy BiGuy: mientras te tocas hablame

Crazy BiGuy: ojala estuviese ahi papi

Johnny Boy: lo coji luego con las piernas en mis hombros

Johnny Boy: le di maceta hasta que me vine

Johnny Boy: me cambie el condom y ahi fue que le di de verdad

Crazy BiGuy: como q le distes de verdad

Johnny Boy: papa ese bicho se me puso despues como cemento

Johnny Boy: lo puse como me dio la gana

Johnny Boy: le hice hasta los push-up

Crazy BiGuy: y él como estaba?

Johnny Boy: que se reía solo

Johnny Boy: me decia que yo chingaba bien hijeputa

Johnny Boy: luego me llevó al baño y me bañó

Crazy BiGuy: y a mi como me vas hacer

Crazy BiGuy: ponme bn bellako papi mas de lo que estoy

Johnny Boy: a ti quiero ponerte que de tan solo rozarte el bicho, entrartelo

Johnny Boy: que ese animal conozca el camino solito

Crazy BiGuy: q ricooooooooo

Crazy BiGuy: acho me encantaria

Johnny Boy: papa no se que tiene esta maceta

Crazy BiGuy: q me pone mal

Johnny Boy: pero estos machos quedan bien malos conmigo

Crazy BiGuy: ya veo

Johnny Boy: debe ser que soy un bellako malo

Crazy BiGuy: sip yo tambn papi bn cabron

Crazy BiGuy: macho me tienes bien bellaco, ven

Johnny Boy: quieres que llegue para allá? no estas estudiando?

Crazy BiGuy: si, pero ven

Crazy BiGuy: mi abuela está pero es como no tenerla aqui

Johnny Boy: llamame

Crazy BiGuy: dame #

Johnny Boy: (787) ***-****

Johnny Boy: Arranco pa

Crazy BiGuy: Te espero

Atracción animal


¿Qué tienen algunos machos que me arrebatan como una perra? Yo que me jacto de que ya nada me sorprende con todo lo que he chingao, viene un macho como el del parking a joderme la cabeza.

Mara no puede creer lo pendejo que me pongo cada vez que lo veo. Al principio me decía que era feo, pero con el tiempo ha reconocido que el tipo está bueno. Yo le digo el Egipcio, porque ni sé como se llama. Es un macharrán medio trigueño con unos ojazos verdes, un pecho y una cintura de dioses de obelisco.

Una mirada del Egipcio basta para sonrojarme y cada vez que me saluda con esa cara de bellaco que tiene, me vengo. ¿Qué carajo tiene este hijeputa que me pone tan malo?

Como me pone el bailarín. Lo había visto varias veces en Eros. Lo reconocí de inmediato porque lo había visto bailando en conciertos y en televisión.

El tipo tenía una cintura del carajo y una nalgas brutales. Blanco, como de 5′7″ de estatura y el pelo castaño, lacio hasta los hombros.

Con la cam he conectado un montón de machos que normalmente en la disco no te van a mirar por el qué dirán. Son los chicos de bien, que no quieren manchar su dizque buena reputación. Y si le sumas que por haber salido bailando par de veces en la televisión, se creen figuras públicas, menos te van a hacer caso.

El cazador usa todas sus armas para atrapar su presa. Y siempre espera el momento justo. Cómo cuando me conecté por la cam con el bailarín. Cuando le enseñé la maceta, se montó en su carro y llegó a mi apartamento en menos de media hora.

Como todos los chicos de bien, me dijo que hacia tiempo no lo clavaban. Le dije que si había llegado al matadero, era para aguantar bicho. Lo puse a mamar. Le quité la ropa y cuando ví esas nalgotas que siempre me arrebataban en la disco, me volví loco. Tenía esa curvatura del final de la espalda que le hacía sobresalir mucho más ese culo sólido de bailarín.

Lo puse de espalda sin pena y me lo clavé como un animal. A macetazo limpio lo fuí llevando al borde de mi cama, a la esquinita del mattres. Le estuve dando bicho con un azote, que rebotaba. El se miraba en las puertas de espejo del closet, completamente encajao en mi bicho, chocando con todo mi cuerpo, mientras me decía que yo estaba cabrón. Así me vine la primera vez, y la segunda. Al tercer polvo me dijo que ya le dolía, pero comoquiera me sacó la leche con su culo tan rico.

A cada rato me llama para que me lo clave. Sólo viene a mi apartamento cuando quiere bicho de verdad. Hemos coincidido varias veces en Eros y en Starz. Siempre lo dejo con las ganas de bailar conmigo. Es que también soy un chico de bien.

Así le quiero dar al Egipcio. La línea del pecho hasta la cintura me vuelve loco. Y esa mirada verde. Ese cabrón me pone tan bellaco. Pura atracción animal.

Tu felicidad soy yo


Luego de la intoxicación con los Long Island en el pub donde trabajaba Carol, Armando y yo estuvimos claros de lo que pasaba entre nosotros. Ya no habría invitaciones a vernos desnudos, a pajearnos y sólo una vez mas, le diría que lo amaba. Esta vez sobrio.

Estaba tan molesto con él. No recuerdo nada de lo que le dije borracho. El último recuerdo que tengo de esa noche es cómo en mis pensamientos le decía a mi cuerpo “camina para el frente”. Mi cuerpo hacía zigzags en todas direcciones, menos en la que le ordenaba.

Armando me dijo que me amaba de una manera especial. Eso mismo le dije a una chamaca que le dió un crush conmigo en Sagrado. Le dije eso por no decirle la verdad, que me parecía una maniaca depresiva que no sabía reconocer una loca.

Bueno que me pase. Lo que aquí hacemos, aquí lo pagamos. La maniaca depresiva con el tiempo, se cobró todos mis desprecios. Cada vez que me acordaba del amor especial de Armando, se me prendía el demonio. Y me cagaba en la madre de la maniaca depresiva.

Algo no andaba bien en las palabras dichas. Después de las separaciones y los llantos, de los celos disimulados y de nuestros conciertos para ver y oir canciones que nos dedicamos, decirme que era un amor especial, era como tirarle migajas a un gato hambriento. Migajas de pena.

Armando empezó a notar como cada día dejé de ir a su casa y había dejado de invitarlo a salir. Realmente para ese tiempo tenía por primera vez amistades gays, entre esos amigos, Robles. Pronto pasaría del mundo completamente bisexual del Licenciado, a finalmente reconocer que yo era un homosexual.

En un intento desesperado por evitar la distancia entre nosotros, Armando entonces era, él que continuamente me invitaba a salir. Generalmente le daba una excusa, pero de vez en cuando le decía que sí. Así se inició esa guerra de frío y calor entre nosotros, con ausencias y poca presencia.

Esa noche me invitó al Viejo San Juan. Esa noche entre las canciones de Alejandro Fernández en Los hijos de Borinquen, le dije otra véz, con todos mis sentidos en una dirección, que lo amaba. El me preguntó porqué. Yo le cuestioné si a él no le había pasado lo mismo. Me dijo que no.

Me dijo que siempre lo había sabido. Yo le contesté que cada palabra mía, cada gesto, cada acción, fué siempre una muestra de mi amor hacia él. Que yo siempre había sido obvio. Me preguntó cómo yo me sentía en nuestras separaciones y le dije por primera vez que siempre que estaba sin él, me sentía incompleto.

Esa noche sólo hablamos de mi amor. Me repitió que yo era especial para él. Me cago en la madre de la maniaca depresiva.

La última vez que Armando y yo salimos, fué una invitación al cine para ver a Tarzán, la de Disney. Luego de la noche en el Viejo San Juan, salimos pocas veces, una de ellas, cuando me invitó al concierto de Alejandro Fernández.

Camino al cine, un Armando maniaco depresivo, me preguntaba muchas veces qué era la felicidad. Finalmente le dije: “Tu felicidad soy yo”. Me agarró de un brazo y me dijo que él no era un maricón como yo. Vimos Tarzán sin dirigirnos una palabra.

Cuando lo llevé a su casa, me despedí para siempre del Armando que yo creía que no me podía amar porque no sabía cómo. El Armando que aún sigue en mi vida, es el Armando que esa noche conocí. Un maniaco depresivo que no sabe reconocer una loca.

Como lata de refresco


Me vigilaba todas las mañanas. Sin darme cuenta, ajeno a sus miradas. Por obligación tenía que pasar frente a su trabajo, camino del mío.

A veces me detenía frente a su trabajo, si me agarraba la luz roja del semáforo de la salida al expreso. Creo que en ocasiones vi a alguien acercarse. En otras me parecía ver una figura en la parada de guaguas, mirándome.

De tantas miradas, un buen día me fijé en el hombre que todas las mañanas me vigilaba. Me regaló una sonrisa. Desde entonces comencé a vigilarlo.

Y me fijé que conocía mis horarios. Y buscaba la forma todos los días de llamar mi atención. Lo logró. De primera impresión me dí cuenta que era dominicano. Me daba la impresión que era una maderera o algún tipo de almacén su lugar de trabajo. Su cuerpo me decía que pasaba la jornada cargando cosas pesadas, porque estaba duro como el cemento. Su cintura y sus abdominales eran increíblemente perfectos.

¿Desde cuándo me velaba este dominicano pícaro con esos abdominales increíbles? Me fijé en él y me mataba la curiosidad por conocerlo. Luego de varios intercambios de sonrisas mañaneras, nos conocimos.

Me estaba esperando en la parada, solo. Detuve mi carro y bajé el cristal del pasajero. Se acercó y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo “Hola”. Yo me sonreí, mientras pensaba que ese cabroncito había logrado lo que quería, atraparme. Luego del hola, me dijo esto: “Te he visto pasar desde hace como seis meses. Quiero que sepas que me gustas mucho.” Le pregunté su nombre, me dijo José. Le dije que me llamaba Johnny, que estaba tarde para mi trabajo y me despedí recitándole el número de mi celular.

Lo memorizó, me llamó varias veces esa tarde. En una de esas llamadas coordinamos que al siguiente día lo buscaría en la parada para llevármelo al matadero.

A las 6:30 de la mañana lo recogí en la parada, para tener el tiempo suficiente antes de que entrara a trabajar. Ya en mi apartamento fuimos directo a mi cama, mientras yo me quitaba la ropa y la tiraba al piso. Me acosté en la cama completamente desnudo, mientras él me miraba como lo hacía todas las mañanas.

Parado al lado de la cama comenzó a desnudarse. El bicho ya se le marcaba. Cuando ví los abdominales de cerca no lo podía creer, y el resto de su cuerpo era todavía más perfecto. Y ese tronco de bicho, grande, duro y gordo como una lata de refresco. Cuando me agarró en sus brazos sentí la fuerza de ese cuerpo tan delineado que me apretaba hacia él. Se volvió loco con mi piel, con mis ojos, con mis labios.

Sus besos eran sabrosos, ricos de entrega total. Trató de ponerme a mamarle la maceta, pero ese bicho no me cabía en la boca. Le pregunté desde cuándo él tenía ese bicho así, me dijo que desde los 15. Puñeta, cómo es eso posible le pregunté. Me dijo que siempre se había alimentado bien, que él comía mucho. Tragué saliva, porque mientras me decía eso iba acomodando la punta del bicho en mi culo. Le dije que no lo hiciera, que no me iba a meter eso. Me dijo que poco a poco entraba, le dije que no y le prometí que lo intentaría en otra ocasión.

Nos venimos a fuerza de besos y juegos. Por mas que traté, no me pude meter esa maceta en la boca.

El primer beso de Enrique


Siempre que Enrique llamaba, yo dejaba lo que estaba haciendo y arrancaba para su casa. En una ocasión estaba lloviendo con cojones y por poco quedo atrapado en una inundación en pleno Hato Rey, saliendo de mi apartamento. Eso no me detuvo para llegar a él.

Recuerdo que se lo dije en su cama en una ocasión, los dos completamente desnudos. Le dije que siempre que me llamaba, llegaba a él. No importaba la lluvia, la distancia, la hora, yo llegaría a él.

Luego que nos conocimos, pasaron varios meses en que no me llamó. Exactamente tres meses, porque los conté día a día. Esa segunda vez repetimos las mamadas de bichos, entre tragos y el canal de National Geographic. Tampoco se dejó clavar.

Tres meses luego, me lo clavé. Enrique es uno de los hombres mas varoniles que he conocido. No tiene nada gay, ni su forma de vestir, ni de hablar, ni de chingar. Ha sido el único macho que me hizo sentir estar en el paraíso, cuando realmente estaba entrando en las puertas de su culo. El culo que me negó dos veces, pero cuando la mamba negra entró, hizo de ese paraíso su mejor guarida.

Me enloquecía su piel, el olor a macho, sus ojos del verde más extraño y hermoso. Mi cuerpo sobre su cuerpo ha sido una de las imágenes más eróticas que he vivido. Siempre quería besarlo, pero discretamente él lo evitaba. Con cualquier otro me hubiese molestado, pero con ese ángel que me daba el culo, mientras la novia lo llamaba al celular, no.

Con los años, los tres meses de espera aumentaron a cuatro, de cuatro a seis meses. Llegó un momento en que no nos vimos por casi un año. Con el cuento mongo estamos chingando desde hace más de ocho años. En ese tiempo le he conocido dos novias.

Somos bien orales, es de los pocos machos que le he mamado el culo. Y ese bicho tan derechito y rico, se lo mamo como un demente. Me busca verlo retorciéndose del placer. Así también me lo mama, somos dos locos que disfrutan sus pocas horas de lucidéz, mientras afuera, Puerto Rico se hunde en un diluvio o en su Armagedón cotidiano.

Su primer beso me sorprendió. Porque lo inició, porque sabía a entrega. Desde ese beso, él ya no condiciona, ni disimula, ni me niega. Ese beso me llevó a un arrebato y le estuve dando maceta, mientras sus dedos raspaban la cama en un frenesí de gozo. Desde ese beso, es mucho más mío.

El primer beso de Enrique ha sido uno de los momentos más inolvidables de mi vida. Siguieron más besos y el sexo más cabrón entre dos hombres, que en sus pocas horas de locura semestrales, se disfrutan como si fueran los únicos seres vivos que sobrevivieron el fin del mundo.

Las tres veces que nos vimos desnudo


Estar cerca de Armando me arrebataba. Generalmente me ponía el bicho parao. Al principio de nuestra amistad, buscaba cualquier motivo para estar cerca de él. Llegué al punto que una noche reconocí que lo estaba ahogando.

Esa noche salí de la Universidad y fui a visitarlo. Me recibió toda su familia menos él. Desde ese momento, jamás regresé a su casa, sin su invitación. Aun asi, le cobre el desaire, aceptando cada día menos sus invitaciones.

Cuando Armando comenzó la Universidad, muchas de esas noches, antes de llegar a su casa, me visitaba. Siempre lo recibí.

Antes que definitivamente terminara mis visitas a la casa de Armando, me obsesioné con la idea de verlo desnudo. La primera vez que nos vimos desnudo fué en su cuarto. Nos pusimos a ver revistas pornograficas. Los dos teníamos la pinga pará. Le dije que me la mostrara. Titubeó. Me saqué mi pinga, luego Armando la suya. A pesar de que tenía una pinga uncut preciosa, lubricaba demasiado para mi gusto. Realmente me dió asco.

La segunda vez que nos vimos desnudos fué en mi casa, en mi cuarto. Armando me visitaba luego de sus clases. Queria modelarme un calzoncillo Jockey que una amiga en común le había regalado. Era negro, estilo high cut. Me excité demasiado, por el contraste con su piel y porque le quedaban cabrones.

Me bajé los pantalones y le modelé mis Grana, que apenas me aguantaba la maceta. El me dijo que yo era un sucio y yo le pregunté quién se habia bajado primero los pantalones. Se rió y me modeló su bicho, que tambien lo tenía parado. Nos vestimos rápido cuando sentimos que mi mamá se acercaba a mi cuarto.

La tercera vez que nos vimos desnudos, yo estaba solo en mi casa viendo una película pornográfica straight que me había grabado el Licenciado. Armando se sentó en el sofá conmigo a verla. Tambien en el sofá, nos hicimos una casqueta.

Hace tiempo que no nos vemos desnudos.

El Chofer del Licenciado


Sé que El Licenciado me amó con toda su alma. Mirando hacia atrás, debe haber sufrido mucho, viéndome llorar por Armando. Recuerdo el día que me dijo que jamás me volviera a coger pena por un hombre.

Recuerdo tambien las tantas veces que me llamó para cantarme el bolero Usted. Han pasado más de quince años y apenas recuerdo el Johnny de esa primera vez con otro hombre.

No recuerdo cómo yo pensaba, pero debo haber sido un pesado cuando El Licenciado me advirtió que con el tiempo, yo cambiaría. El apartamento del Licenciado fué el escondite de mis primeras locuras. Lo fué, mucho antes que conociera a Robles, cuando ni siquiera me imaginaba que pisaría Tía María y mucho menos, que estaría contando en un blog, mis aventuras sexuales con tantos machos.

El Licenciado en ese tiempo era un hombre muy conocido. Aún lo sigue siendo, pero luego de su derrame cerebral ha reducido sus actividades públicas. Se ha recuperado mucho, pero no es ni la sombra de lo que era. Lo ví hace poco, en plena calle, esperando una guagua de la AMA que lo llevara a una cita médica. Completamente sólo, sin su ama de llaves, sin su hija.

Me vió como quién mira un espejismo, creo que por un instante perdió el sentido del tiempo. Se sorprendió de lo bien que me veía, “mejor que nunca” cómo me dijo. Recordé las tantas veces que me llamó para rogarme, que pasara por su apartamento, aunque fuera para abrazarlo.

Por mucho tiempo fuí su mejor juguete. Y en su apartamento me clavé a todos sus amigos. El primero fué el que había sido su chofer. Un hombrote de sobre seis pies, parco y medio bruto, casado con dos hijos, que aun mantenía una relación amistosa con El Licenciado, a pesar de que había conseguido otro trabajo.

Esa noche El Licenciado me pidió que fuera a su apartamento, que su ex-chofer había conseguido como escaparse de su esposa. Cuando me lo presentó, no podía creer que un machazo como ese le tuviera tanto terror a una mujer celosa. Tanto El Licenciado como su ex-chofer eran sumamente varoniles. Confirmaban mi creencia de que no éramos maricones, que éramos machos que le gustaban otros machos.

El Licenciado orquestó todo. El Chofer parecía que no hacia nada al menos que El Licenciado le diera instrucciones.

El Licenciado nos llevó a su cuarto y le pidió a su ex-empleado que se quitara la ropa. Se metió en el baño y regresó completamente desnudo. Tenía uno de los bichos mas gordo que he visto en mi vida.

El Licenciado le agarró la pinga y me pidió que se lo mamara. Le mamé la pinga por un ratito, mientras me quitaba la ropa. Sin esperar más instrucciones lo puse a mamar.

El Chofer no decía nada, sólo actuaba. Como era un hombre tan grande, le pedí que se pusiera en cuatro. Así sería mas cómodo clavarlo. Lo tuve que lubricar un monton porque mi bicho no entraba en su culo, que estaba tan cerrado por el grillete que le tenía la mujer.

Cuando finalmente lo penetré completo, le estuve dando pinga, mientras El Licenciado nos observaba. Le preguntaba al Chofer si le gustaba mi maceta. El decía que sí con la cabeza.

Me aguantó sólo un polvo. A solas le pregunté si le había gustado. Me hizo una expresión de que lo había esbaratao. No sé qué excusas le daba a su mujer, pero le esbaraté ese culo mucha veces.

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