Como lata de refresco


Me vigilaba todas las mañanas. Sin darme cuenta, ajeno a sus miradas. Por obligación tenía que pasar frente a su trabajo, camino del mío.

A veces me detenía frente a su trabajo, si me agarraba la luz roja del semáforo de la salida al expreso. Creo que en ocasiones vi a alguien acercarse. En otras me parecía ver una figura en la parada de guaguas, mirándome.

De tantas miradas, un buen día me fijé en el hombre que todas las mañanas me vigilaba. Me regaló una sonrisa. Desde entonces comencé a vigilarlo.

Y me fijé que conocía mis horarios. Y buscaba la forma todos los días de llamar mi atención. Lo logró. De primera impresión me dí cuenta que era dominicano. Me daba la impresión que era una maderera o algún tipo de almacén su lugar de trabajo. Su cuerpo me decía que pasaba la jornada cargando cosas pesadas, porque estaba duro como el cemento. Su cintura y sus abdominales eran increíblemente perfectos.

¿Desde cuándo me velaba este dominicano pícaro con esos abdominales increíbles? Me fijé en él y me mataba la curiosidad por conocerlo. Luego de varios intercambios de sonrisas mañaneras, nos conocimos.

Me estaba esperando en la parada, solo. Detuve mi carro y bajé el cristal del pasajero. Se acercó y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo “Hola”. Yo me sonreí, mientras pensaba que ese cabroncito había logrado lo que quería, atraparme. Luego del hola, me dijo esto: “Te he visto pasar desde hace como seis meses. Quiero que sepas que me gustas mucho.” Le pregunté su nombre, me dijo José. Le dije que me llamaba Johnny, que estaba tarde para mi trabajo y me despedí recitándole el número de mi celular.

Lo memorizó, me llamó varias veces esa tarde. En una de esas llamadas coordinamos que al siguiente día lo buscaría en la parada para llevármelo al matadero.

A las 6:30 de la mañana lo recogí en la parada, para tener el tiempo suficiente antes de que entrara a trabajar. Ya en mi apartamento fuimos directo a mi cama, mientras yo me quitaba la ropa y la tiraba al piso. Me acosté en la cama completamente desnudo, mientras él me miraba como lo hacía todas las mañanas.

Parado al lado de la cama comenzó a desnudarse. El bicho ya se le marcaba. Cuando ví los abdominales de cerca no lo podía creer, y el resto de su cuerpo era todavía más perfecto. Y ese tronco de bicho, grande, duro y gordo como una lata de refresco. Cuando me agarró en sus brazos sentí la fuerza de ese cuerpo tan delineado que me apretaba hacia él. Se volvió loco con mi piel, con mis ojos, con mis labios.

Sus besos eran sabrosos, ricos de entrega total. Trató de ponerme a mamarle la maceta, pero ese bicho no me cabía en la boca. Le pregunté desde cuándo él tenía ese bicho así, me dijo que desde los 15. Puñeta, cómo es eso posible le pregunté. Me dijo que siempre se había alimentado bien, que él comía mucho. Tragué saliva, porque mientras me decía eso iba acomodando la punta del bicho en mi culo. Le dije que no lo hiciera, que no me iba a meter eso. Me dijo que poco a poco entraba, le dije que no y le prometí que lo intentaría en otra ocasión.

Nos venimos a fuerza de besos y juegos. Por mas que traté, no me pude meter esa maceta en la boca.

 

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  • 8/26/2010 3:07 PM Daniel wrote:
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