Tu felicidad soy yo


Luego de la intoxicación con los Long Island en el pub donde trabajaba Carol, Armando y yo estuvimos claros de lo que pasaba entre nosotros. Ya no habría invitaciones a vernos desnudos, a pajearnos y sólo una vez mas, le diría que lo amaba. Esta vez sobrio.

Estaba tan molesto con él. No recuerdo nada de lo que le dije borracho. El último recuerdo que tengo de esa noche es cómo en mis pensamientos le decía a mi cuerpo “camina para el frente”. Mi cuerpo hacía zigzags en todas direcciones, menos en la que le ordenaba.

Armando me dijo que me amaba de una manera especial. Eso mismo le dije a una chamaca que le dió un crush conmigo en Sagrado. Le dije eso por no decirle la verdad, que me parecía una maniaca depresiva que no sabía reconocer una loca.

Bueno que me pase. Lo que aquí hacemos, aquí lo pagamos. La maniaca depresiva con el tiempo, se cobró todos mis desprecios. Cada vez que me acordaba del amor especial de Armando, se me prendía el demonio. Y me cagaba en la madre de la maniaca depresiva.

Algo no andaba bien en las palabras dichas. Después de las separaciones y los llantos, de los celos disimulados y de nuestros conciertos para ver y oir canciones que nos dedicamos, decirme que era un amor especial, era como tirarle migajas a un gato hambriento. Migajas de pena.

Armando empezó a notar como cada día dejé de ir a su casa y había dejado de invitarlo a salir. Realmente para ese tiempo tenía por primera vez amistades gays, entre esos amigos, Robles. Pronto pasaría del mundo completamente bisexual del Licenciado, a finalmente reconocer que yo era un homosexual.

En un intento desesperado por evitar la distancia entre nosotros, Armando entonces era, él que continuamente me invitaba a salir. Generalmente le daba una excusa, pero de vez en cuando le decía que sí. Así se inició esa guerra de frío y calor entre nosotros, con ausencias y poca presencia.

Esa noche me invitó al Viejo San Juan. Esa noche entre las canciones de Alejandro Fernández en Los hijos de Borinquen, le dije otra véz, con todos mis sentidos en una dirección, que lo amaba. El me preguntó porqué. Yo le cuestioné si a él no le había pasado lo mismo. Me dijo que no.

Me dijo que siempre lo había sabido. Yo le contesté que cada palabra mía, cada gesto, cada acción, fué siempre una muestra de mi amor hacia él. Que yo siempre había sido obvio. Me preguntó cómo yo me sentía en nuestras separaciones y le dije por primera vez que siempre que estaba sin él, me sentía incompleto.

Esa noche sólo hablamos de mi amor. Me repitió que yo era especial para él. Me cago en la madre de la maniaca depresiva.

La última vez que Armando y yo salimos, fué una invitación al cine para ver a Tarzán, la de Disney. Luego de la noche en el Viejo San Juan, salimos pocas veces, una de ellas, cuando me invitó al concierto de Alejandro Fernández.

Camino al cine, un Armando maniaco depresivo, me preguntaba muchas veces qué era la felicidad. Finalmente le dije: “Tu felicidad soy yo”. Me agarró de un brazo y me dijo que él no era un maricón como yo. Vimos Tarzán sin dirigirnos una palabra.

Cuando lo llevé a su casa, me despedí para siempre del Armando que yo creía que no me podía amar porque no sabía cómo. El Armando que aún sigue en mi vida, es el Armando que esa noche conocí. Un maniaco depresivo que no sabe reconocer una loca.

 

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