Creo que es amor

No me sentí culpable. Sabía que tarde o temprano sucedería. Las mamadas de pinga con mi primo Luis eran ya un recuerdo lejano. La última vez que nos vimos en la boda de mi hermano, el cabroncito no quiso escaparse conmigo a recordar nuestros juegos de niños.
Cada paso del Licenciado fué una trampa que yo permitía, porque quería ser atrapado. Me halagaba cómo me buscaba en el Supermercado. De la misma forma que me buscaba Armando. Muchas veces, sin que él lo supiera, ví a Armando buscando mi tarjeta de ponchar para saber si yo estaba trabajando.
Siempre buscaba un rato para hablar conmigo, hasta el punto que nuestros jefes nos regañaban por estar perdiendo el tiempo.
No me sentí culpable. A pesar del llanto de Armando, de sus primeras ausencias y de mis llantos. Lloré cuando me dejó de hablar por primera vez, lloré cuando sentí su primera mirada de rabia hacia mí, lloré cuando por primera vez no me invitó a visitar a su abuela en el campo.
¿Porqué lloraba? ¿Porqué tanto dolor si él ya no quería que yo pidiera la bendición allá en el campo? ¿Porqué tanto temor a su mirada de odio? ¿Porque me sentía tan perdido con su silencio?
No me sentí culpable. Las tardes que Armando dejó de verme, el Licenciado me buscaba para otras trampas que también me dejaba atrapar.
Una de esas tantas tardes le pedí a Armando, que por favor me fuera a ver. No llegó. El Licenciado me llamó porque me había conectado a dos de sus amigos casados y quería verme chingándomelos. Llegué a su apartamento lleno de lágrimas y le dije: “Creo que es amor”.






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