The Return of El Tico


El Tico pasó toda la semana enviando mensajes de amor en el beeper. Uno de esos mensajes fué una invitación a Tía María para el sábado en la noche.

Tía María estaba lleno con cojones. A veces me pregunto de dónde salen tantos maricones. Cada véz que veía al macho de Costa Rica me sorprendía más de lo guapo que era. Qué lástima que el lunes se iba.

Ese macho se volvía loco cuando me veía. Me abrazaba como un oso y me llenaba de besos. Esa noche me presentó finalmente su hermano, un costarricense que llevaba como diez años viviendo en Puerto Rico. Bastante guapo, pero nada que ver con mi Tico varonil y sabroso.

Junto al hermano estaba otro puertorriqueño que por esas casualidades de la vida, también yo le había enseñado lo que era maceta. Desde que llegué, estaban en un traqueteo de cuchicheos, mientras el Tico me traía tragos y me apretaba la cintura con sus manos, mordiéndome el cuello.

Quedé bruto cuando el hermano me invitó a su casa con la aprobación del Tico y la mirada lujuriosa del puertorriqueño que ya había probado de mi maceta. Puñeta, eso sí era algo nuevo, una orgía con dos hermanos. Dije que sí.

Llegamos a la casa y fuimos directo al cuarto del hermano del Tico. Cada uno iba quitándose una pieza de ropa, todos menos el Tico, que en un momento dado montó su cara de perro en el filo de la cama. No sé en qué momento cambió de idea, o si realmente sabía la verdadera intención de la invitación, pero ya casi desnudo y con mi maceta bien encendía, el Tico me agarró por el brazo y me sacó de esa cama de un jalón.

Me llevó a otro cuarto mientras me decía que no me iba a compartir con su hermano. Me tiró en otra cama, me acabó de quitar el calzoncillo, le dió lengua al roto de mi culo y me penetró con toda la violencia de un macho encabronao por los celos. Ese cabrón tenía una buena maceta y me estuvo maceteando hasta que se calmó.

Me viró boca arriba y comenzó a besarme todo el cuerpo. Cuando vió como me latía el bicho, cómo se movía mi maceta en palpitaciones incontrolables por lo bellaco que yo estaba, lo agarró y se sentó en él.

Es esa pelea de gallos, no sé quién ganó. Al otro día, El Tico me pidió que durmiera con él en su última noche en Puerto Rico. Me quedé con El Tico toda esa noche, sanando nuestras heridas con besos y abrazos.

Me dió su dirección en Costa Rica y su teléfono. Me pidió que lo visitara. Me regaló un brazalete de plata con su nombre inscrito.

Aún no he ido a Costa Rica. El brazalete con su nombre inscrito, lo perdí en la mudanza de seis meses del matadero. Con el tiempo olvidé el nombre del Tico. Sólo lo recuerdo con el cariñito que me dijo que le decían a los costarricenses.

Tico.

 

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