
¿Qué
tienen algunos machos que me arrebatan como una perra? Yo que me jacto de que
ya nada me sorprende con todo lo que he chingao, viene un macho como el del
parking a joderme la cabeza.
Mara
no puede creer lo pendejo que me pongo cada vez que lo veo. Al principio me
decía que era feo, pero con el tiempo ha reconocido que el tipo está bueno. Yo
le digo el Egipcio, porque ni sé como se llama. Es un macharrán medio trigueño
con unos ojazos verdes, un pecho y una cintura de dioses de obelisco.
Una
mirada del Egipcio basta para sonrojarme y cada vez que me saluda con esa cara
de bellaco que tiene, me vengo. ¿Qué carajo tiene este hijeputa que me pone tan
malo?
Como
me pone el bailarín. Lo había visto varias veces en Eros. Lo reconocí de
inmediato porque lo había visto bailando en conciertos y en televisión.
El
tipo tenía una cintura del carajo y una nalgas brutales. Blanco, como de 5′7″
de estatura y el pelo castaño, lacio hasta los hombros.
Con la
cam he conectado un montón de machos que normalmente en la disco no te van a
mirar por el qué dirán. Son los chicos de bien, que no quieren manchar su
dizque buena reputación. Y si le sumas que por haber salido bailando par de
veces en la televisión, se creen figuras públicas, menos te van a hacer caso.
El
cazador usa todas sus armas para atrapar su presa. Y siempre espera el momento
justo. Cómo cuando me conecté por la cam con el bailarín. Cuando le enseñé la
maceta, se montó en su carro y llegó a mi apartamento en menos de media hora.
Como
todos los chicos de bien, me dijo que hacia tiempo no lo clavaban. Le dije que
si había llegado al matadero, era para aguantar bicho. Lo puse a mamar. Le
quité la ropa y cuando ví esas nalgotas que siempre me arrebataban en la disco,
me volví loco. Tenía esa curvatura del final de la espalda que le hacía
sobresalir mucho más ese culo sólido de bailarín.
Lo
puse de espalda sin pena y me lo clavé como un animal. A macetazo limpio lo fuí
llevando al borde de mi cama, a la esquinita del mattres. Le estuve dando bicho
con un azote, que rebotaba. El se miraba en las puertas de espejo del closet,
completamente encajao en mi bicho, chocando con todo mi cuerpo, mientras me
decía que yo estaba cabrón. Así me vine la primera vez, y la segunda. Al tercer
polvo me dijo que ya le dolía, pero comoquiera me sacó la leche con su culo tan
rico.
A cada
rato me llama para que me lo clave. Sólo viene a mi apartamento cuando quiere
bicho de verdad. Hemos coincidido varias veces en Eros y en Starz. Siempre lo
dejo con las ganas de bailar conmigo. Es que también soy un chico de bien.
Así le quiero dar al Egipcio. La línea del pecho hasta la cintura me vuelve loco. Y esa mirada verde. Ese cabrón me pone tan bellaco. Pura atracción animal.

Luego
de la intoxicación con los Long Island en el pub donde trabajaba
Carol, Armando y yo estuvimos claros de lo que pasaba entre nosotros. Ya no
habría invitaciones a vernos desnudos, a pajearnos y sólo una vez mas, le diría
que lo amaba. Esta vez sobrio.
Estaba
tan molesto con él. No recuerdo nada de lo que le dije borracho. El último
recuerdo que tengo de esa noche es cómo en mis pensamientos le decía a mi
cuerpo “camina para el frente”. Mi cuerpo hacía zigzags en todas direcciones,
menos en la que le ordenaba.
Armando
me dijo que me amaba de una manera especial. Eso mismo le dije a una chamaca
que le dió un crush conmigo en Sagrado. Le dije eso por no decirle la
verdad, que me parecía una maniaca depresiva que no sabía reconocer una loca.
Bueno
que me pase. Lo que aquí hacemos, aquí lo pagamos. La maniaca depresiva con el
tiempo, se cobró todos mis desprecios. Cada vez que me acordaba del amor
especial de Armando, se me prendía el demonio. Y me cagaba en la madre de la
maniaca depresiva.
Algo
no andaba bien en las palabras dichas. Después de las separaciones y los llantos,
de los celos disimulados y de nuestros conciertos para ver y oir canciones que
nos dedicamos, decirme que era un amor especial, era como tirarle migajas a un
gato hambriento. Migajas de pena.
Armando
empezó a notar como cada día dejé de ir a su casa y había dejado de invitarlo a
salir. Realmente para ese tiempo tenía por primera vez amistades gays, entre
esos amigos, Robles. Pronto pasaría del mundo completamente bisexual del
Licenciado, a finalmente reconocer que yo era un homosexual.
En un
intento desesperado por evitar la distancia entre nosotros, Armando entonces
era, él que continuamente me invitaba a salir. Generalmente le daba una excusa,
pero de vez en cuando le decía que sí. Así se inició esa guerra de frío y calor
entre nosotros, con ausencias y poca presencia.
Esa
noche me invitó al Viejo San Juan. Esa noche entre las canciones de Alejandro
Fernández en Los hijos de Borinquen, le dije otra véz, con todos mis sentidos
en una dirección, que lo amaba. El me preguntó porqué. Yo le cuestioné si a él
no le había pasado lo mismo. Me dijo que no.
Me
dijo que siempre lo había sabido. Yo le contesté que cada palabra mía, cada
gesto, cada acción, fué siempre una muestra de mi amor hacia él. Que yo siempre
había sido obvio. Me preguntó cómo yo me sentía en nuestras separaciones y le
dije por primera vez que siempre que estaba sin él, me sentía incompleto.
Esa noche sólo hablamos de mi amor. Me repitió que yo era especial para él. Me cago en la madre de la maniaca depresiva.
La
última vez que Armando y yo salimos, fué una invitación al cine para ver a
Tarzán, la de Disney. Luego de la noche en el Viejo San Juan, salimos pocas
veces, una de ellas, cuando me invitó al concierto de Alejandro Fernández.
Camino
al cine, un Armando maniaco depresivo, me preguntaba muchas veces qué era la
felicidad. Finalmente le dije: “Tu felicidad soy yo”. Me agarró de un brazo y
me dijo que él no era un maricón como yo. Vimos Tarzán sin dirigirnos una
palabra.
Cuando
lo llevé a su casa, me despedí para siempre del Armando que yo creía que no me
podía amar porque no sabía cómo. El Armando que aún sigue en mi vida, es el
Armando que esa noche conocí. Un maniaco depresivo que no sabe reconocer una
loca.

Me
vigilaba todas las mañanas. Sin darme cuenta, ajeno a sus miradas. Por
obligación tenía que pasar frente a su trabajo, camino del mío.
A
veces me detenía frente a su trabajo, si me agarraba la luz roja del semáforo
de la salida al expreso. Creo que en ocasiones vi a alguien acercarse. En otras
me parecía ver una figura en la parada de guaguas, mirándome.
De
tantas miradas, un buen día me fijé en el hombre que todas las mañanas me
vigilaba. Me regaló una sonrisa. Desde entonces comencé a vigilarlo.
Y me
fijé que conocía mis horarios. Y buscaba la forma todos los días de llamar mi
atención. Lo logró. De primera impresión me dí cuenta que era dominicano. Me
daba la impresión que era una maderera o algún tipo de almacén su lugar de
trabajo. Su cuerpo me decía que pasaba la jornada cargando cosas pesadas,
porque estaba duro como el cemento. Su cintura y sus abdominales eran
increíblemente perfectos.
¿Desde
cuándo me velaba este dominicano pícaro con esos abdominales increíbles? Me
fijé en él y me mataba la curiosidad por conocerlo. Luego de varios
intercambios de sonrisas mañaneras, nos conocimos.
Me
estaba esperando en la parada, solo. Detuve mi carro y bajé el cristal del
pasajero. Se acercó y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo “Hola”. Yo me
sonreí, mientras pensaba que ese cabroncito había logrado lo que quería,
atraparme. Luego del hola, me dijo esto: “Te he visto pasar desde hace como
seis meses. Quiero que sepas que me gustas mucho.” Le pregunté su nombre, me
dijo José. Le dije que me llamaba Johnny, que estaba tarde para mi trabajo y me
despedí recitándole el número de mi celular.
Lo
memorizó, me llamó varias veces esa tarde. En una de esas llamadas coordinamos
que al siguiente día lo buscaría en la parada para llevármelo al matadero.
A las
6:30 de la mañana lo recogí en la parada, para tener el tiempo suficiente antes
de que entrara a trabajar. Ya en mi apartamento fuimos directo a mi cama,
mientras yo me quitaba la ropa y la tiraba al piso. Me acosté en la cama
completamente desnudo, mientras él me miraba como lo hacía todas las mañanas.
Parado
al lado de la cama comenzó a desnudarse. El bicho ya se le marcaba. Cuando ví
los abdominales de cerca no lo podía creer, y el resto de su cuerpo era todavía
más perfecto. Y ese tronco de bicho, grande, duro y gordo como una lata de
refresco. Cuando me agarró en sus brazos sentí la fuerza de ese cuerpo tan
delineado que me apretaba hacia él. Se volvió loco con mi piel, con mis ojos,
con mis labios.
Sus
besos eran sabrosos, ricos de entrega total. Trató de ponerme a mamarle la
maceta, pero ese bicho no me cabía en la boca. Le pregunté desde cuándo él
tenía ese bicho así, me dijo que desde los 15. Puñeta, cómo es eso posible le
pregunté. Me dijo que siempre se había alimentado bien, que él comía mucho.
Tragué saliva, porque mientras me decía eso iba acomodando la punta del bicho
en mi culo. Le dije que no lo hiciera, que no me iba a meter eso. Me dijo que
poco a poco entraba, le dije que no y le prometí que lo intentaría en otra
ocasión.
Nos
venimos a fuerza de besos y juegos. Por mas que traté, no me pude meter esa
maceta en la boca.

Siempre
que Enrique llamaba, yo dejaba lo que estaba haciendo y arrancaba para su casa.
En una ocasión estaba lloviendo con cojones y por poco quedo atrapado en una
inundación en pleno Hato Rey, saliendo de mi apartamento. Eso no me detuvo para
llegar a él.
Recuerdo
que se lo dije en su cama en una ocasión, los dos completamente desnudos. Le dije
que siempre que me llamaba, llegaba a él. No importaba la lluvia, la distancia,
la hora, yo llegaría a él.
Luego
que nos conocimos, pasaron varios meses en que no me llamó. Exactamente tres
meses, porque los conté día a día. Esa segunda vez repetimos las mamadas de
bichos, entre tragos y el canal de National Geographic. Tampoco se dejó clavar.
Tres
meses luego, me lo clavé. Enrique es uno de los hombres mas varoniles que he
conocido. No tiene nada gay, ni su forma de vestir, ni de hablar, ni de
chingar. Ha sido el único macho que me hizo sentir estar en el paraíso, cuando
realmente estaba entrando en las puertas de su culo. El culo que me negó dos
veces, pero cuando la mamba negra entró, hizo de ese paraíso su mejor guarida.
Me
enloquecía su piel, el olor a macho, sus ojos del verde más extraño y hermoso.
Mi cuerpo sobre su cuerpo ha sido una de las imágenes más eróticas que he
vivido. Siempre quería besarlo, pero discretamente él lo evitaba. Con cualquier
otro me hubiese molestado, pero con ese ángel que me daba el culo, mientras la
novia lo llamaba al celular, no.
Con los años, los tres meses de espera aumentaron a cuatro, de cuatro a seis meses. Llegó un momento en que no nos vimos por casi un año. Con el cuento mongo estamos chingando desde hace más de ocho años. En ese tiempo le he conocido dos novias.
Somos
bien orales, es de los pocos machos que le he mamado el culo. Y ese bicho tan
derechito y rico, se lo mamo como un demente. Me busca verlo retorciéndose del
placer. Así también me lo mama, somos dos locos que disfrutan sus pocas horas
de lucidéz, mientras afuera, Puerto Rico se hunde en un diluvio o en su
Armagedón cotidiano.
Su
primer beso me sorprendió. Porque lo inició, porque sabía a entrega. Desde ese
beso, él ya no condiciona, ni disimula, ni me niega. Ese beso me llevó a un
arrebato y le estuve dando maceta, mientras sus dedos raspaban la cama en un
frenesí de gozo. Desde ese beso, es mucho más mío.
El
primer beso de Enrique ha sido uno de los momentos más inolvidables de mi vida.
Siguieron más besos y el sexo más cabrón entre dos hombres, que en sus pocas
horas de locura semestrales, se disfrutan como si fueran los únicos seres vivos
que sobrevivieron el fin del mundo.

Estar
cerca de Armando me arrebataba. Generalmente me ponía el bicho parao. Al
principio de nuestra amistad, buscaba cualquier motivo para estar cerca de él.
Llegué al punto que una noche reconocí que lo estaba ahogando.
Esa
noche salí de
Cuando
Armando comenzó
Antes
que definitivamente terminara mis visitas a la casa de Armando, me obsesioné
con la idea de verlo desnudo. La primera vez que nos vimos desnudo fué en su
cuarto. Nos pusimos a ver revistas pornograficas. Los dos teníamos la pinga
pará. Le dije que me la mostrara. Titubeó. Me saqué mi pinga, luego Armando la
suya. A pesar de que tenía una pinga uncut preciosa, lubricaba demasiado para
mi gusto. Realmente me dió asco.
La
segunda vez que nos vimos desnudos fué en mi casa, en mi cuarto. Armando me
visitaba luego de sus clases. Queria modelarme un calzoncillo Jockey que una
amiga en común le había regalado. Era negro, estilo high cut. Me excité
demasiado, por el contraste con su piel y porque le quedaban cabrones.
Me
bajé los pantalones y le modelé mis Grana, que apenas me aguantaba la maceta.
El me dijo que yo era un sucio y yo le pregunté quién se habia bajado primero
los pantalones. Se rió y me modeló su bicho, que tambien lo tenía parado. Nos
vestimos rápido cuando sentimos que mi mamá se acercaba a mi cuarto.
La
tercera vez que nos vimos desnudos, yo estaba solo en mi casa viendo una
película pornográfica straight que me había grabado el Licenciado. Armando se
sentó en el sofá conmigo a verla. Tambien en el sofá, nos hicimos una casqueta.
Hace
tiempo que no nos vemos desnudos.

Sé que
El Licenciado me amó con toda su alma. Mirando hacia atrás, debe haber sufrido
mucho, viéndome llorar por Armando. Recuerdo el día que me dijo que jamás me
volviera a coger pena por un hombre.
Recuerdo
tambien las tantas veces que me llamó para cantarme el bolero Usted.
Han pasado más de quince años y apenas recuerdo el Johnny de esa primera vez
con otro hombre.
No
recuerdo cómo yo pensaba, pero debo haber sido un pesado cuando El Licenciado
me advirtió que con el tiempo, yo cambiaría. El apartamento del Licenciado fué
el escondite de mis primeras locuras. Lo fué, mucho antes que conociera a
Robles, cuando ni siquiera me imaginaba que pisaría Tía María y mucho menos,
que estaría contando en un blog, mis aventuras sexuales con tantos machos.
El
Licenciado en ese tiempo era un hombre muy conocido. Aún lo sigue siendo, pero
luego de su derrame cerebral ha reducido sus actividades públicas. Se ha
recuperado mucho, pero no es ni la sombra de lo que era. Lo ví hace poco, en
plena calle, esperando una guagua de
Me vió
como quién mira un espejismo, creo que por un instante perdió el sentido del
tiempo. Se sorprendió de lo bien que me veía, “mejor que nunca” cómo me dijo.
Recordé las tantas veces que me llamó para rogarme, que pasara por su
apartamento, aunque fuera para abrazarlo.
Por
mucho tiempo fuí su mejor juguete. Y en su apartamento me clavé a todos sus
amigos. El primero fué el que había sido su chofer. Un hombrote de sobre seis
pies, parco y medio bruto, casado con dos hijos, que aun mantenía una relación
amistosa con El Licenciado, a pesar de que había conseguido otro trabajo.
Esa
noche El Licenciado me pidió que fuera a su apartamento, que su ex-chofer había
conseguido como escaparse de su esposa. Cuando me lo presentó, no podía creer
que un machazo como ese le tuviera tanto terror a una mujer celosa. Tanto El
Licenciado como su ex-chofer eran sumamente varoniles. Confirmaban mi creencia
de que no éramos maricones, que éramos machos que le gustaban otros machos.
El
Licenciado orquestó todo. El Chofer parecía que no hacia nada al menos que El
Licenciado le diera instrucciones.
El
Licenciado nos llevó a su cuarto y le pidió a su ex-empleado que se quitara la
ropa. Se metió en el baño y regresó completamente desnudo. Tenía uno de los
bichos mas gordo que he visto en mi vida.
El
Licenciado le agarró la pinga y me pidió que se lo mamara. Le mamé la pinga por
un ratito, mientras me quitaba la ropa. Sin esperar más instrucciones lo puse a
mamar.
El
Chofer no decía nada, sólo actuaba. Como era un hombre tan grande, le pedí que
se pusiera en cuatro. Así sería mas cómodo clavarlo. Lo tuve que lubricar un
monton porque mi bicho no entraba en su culo, que estaba tan cerrado por el
grillete que le tenía la mujer.
Cuando
finalmente lo penetré completo, le estuve dando pinga, mientras El Licenciado
nos observaba. Le preguntaba al Chofer si le gustaba mi maceta. El decía que sí
con la cabeza.
Me
aguantó sólo un polvo. A solas le pregunté si le había gustado. Me hizo una
expresión de que lo había esbaratao. No sé qué excusas le daba a su mujer, pero
le esbaraté ese culo mucha veces.

Robles
nunca volvió a ser el mismo. Ese sábado de bailoteo en Eros, Robles conoció al
macho que lo enloqueció a puro maceteo de bicho.
Vamos
hablar claro. Robles nunca ha estado muy bien de la cabeza. Como muchos hombres
y mujeres en este Pais, tiene sus momentos de depresiones. Yo no lo sabía,
hasta que uno de estos episodios coincidió con uno de nuestros viajes a Miami.
De la
noche a la mañana simplemente desapareció. Lo llamé, lo busqué en su
apartamento y nada. Me fuí al viaje solo, temiendo lo peor. En Miami supe que
seguía vivo y que no quería saber de nadie.
Un mes
después de ese viaje, me llamó. Como si nada hubiese pasado. Me abrió los ojos,
porque realmente Robles no es un caso aislado. Yo sé que no soy el mejor amigo
de Robles. El tiene amigos más cercanos. Pero debo ser el más cuerdo.
Aunque
luego de ese episodio, no se ha repetido otra desaparición. Sólo la locura de
cuando se enamoró de Junito.
Esa
noche bailamos como locos en Eros. Estuvimos jodiendo y haciendo trencitos con
varios machos. En uno de esos trenes, enganchamos a Junito y a su pana José
Juan. Enpericaos hasta la segueta. Creo que de primera impresión, Junito quedó
malo conmigo, pero como le hice más caso a José Juan, me canceló.
Ya yo
estaba sabrosito, y empiezo a grajearme con JJ, que de verdad, estaba bien
rico. De 24 años, blanquito estilo Caparra Boy, duro como el cemento, con una
cinta roja que a veces la tenía en la cintura, otras veces en la cabeza.
El
Junito era más el estilo de macho que le gusta a Robles. Delgadito, alto,
caquito. Recuerdo haber pensado, cuando los vi juntos, que Robles se había
jodido.
Salimos
los cuatro para el apartamento de Robles, él en el carro de Junito y JJ en mi
carro. Nos besamos por todo el camino. Lo que pasó esa noche en el apartamento
de Robles cambiaría para siempre nuestra amistad.
Robles
y Junito se fueron al cuarto, yo me quedé con José Juan en la sala. Yo estaba
borracho y recuerdo que me quitó la ropa porque apenas podía con mi alma. Trató
de clavarme. Me negué diciéndole que ninguna loca con una banda roja me iba a
clavar.
JJ se
fué al cuarto encabronao y Robles empezó a bellaquear con él para tranquilizarlo.
Desnudo me metí en el cuarto y allí ví a Junito, con su tronco de maceta
esperando por Robles. Creo que jugué algo con ese bicho, lo sobé, lo apreté
junto al mío.
Como
gata en celo, Robles me arrebató el bicho de Junito. Ya en ese momento, yo estaba
claro que no seguiría ni con el JJ ni con el Junito. Me vestí y me largué.
Regresé a mi apartamento completamente borracho y hasta el sol de hoy, sigo
agradeciéndole a Dios el haber llegado vivo.
Robles
y Junito se hicieron novios. Duraron alrededor de tres meses. Robles nunca
quiso que yo estuviese cerca de él. Las pocas veces que todos repetimos en
Eros, Junito me agarraba el bicho a escondidas de Robles.
José
Juan y yo volvimos a hablar, pero jamás nos volvimos a besar.
Robles
amó profundamente a Junito. Y lo sigue amando por su bicho, por cómo lo
maceteaba, por el buen sexo que tuvieron. La forma que todos nos conocimos,
afectó la relación entre los cuatro.

Luego
de la primera vez que fuí a los baños de Fort Lauderdale con Robles, inicié la
costumbre de ir por lo menos dos veces al año. A veces con él, a veces solo.
Siempre
ha sido una experiencia cabrona. De hecho, fuimos de los primeros que
estrenamos el local actual. Un local mucho más fino, con un sauna con cavernas
y unas facilidades de gimnasio, que nunca hemos usado.
Es
curioso como siempre me he negado hacer algo parecido aquí en Puerto Rico.
Simplemente me da temor que alguien de aquí, diga que me vió por esos lares.
Tambien
es curioso como nunca he negado que he ido a los baños, en mi caso los de Fort
Lauderdale y Austin. Tengo pendiente unos cuantos de otros estados.
Una de
las veces que fui solo, ví a este macho que caminaba con temor por los
pasillos. Entre tantos hombre guapos, fue precisamente esa cara de que no
pertenezco aquí, lo que me llamó la atención hacia él.
Lo
seguí. No miraba a nadie. Realmente era bello, blanco jincho de pelo negro y
como de 5′11″ de estatura. Debia tener unos 33 años y de cuerpo no era ni
delgado ni musculoso, estaba en su punto. Pensé que era irlandés.
Me le
acerqué y le pregunté qué le pasaba. Creo que fui en ese momento un alivio para
él, porque de entrada me dijo que era su primera vez en los baños. Le dije que
se le notaba. Me confesó que estaba nervioso.
Me
preguntó de donde yo era, le dije de Puerto Rico. El me dijo que estaba de
vacaciones en Miami por unos días, que se estaba quedando en casa de sus padres
y que se había escapado. Me dijo que siempre habia querido hacer eso y que por
fin se había atrevido.
Lo
invité a mi cuarto. Y se atrevió a irse conmigo.
Nos
quitamos las toallas. Me recosté en la cama con el bicho bien parao. El lo
miraba. Lo puse a mamar. Me mamó la pinga casi una hora, se lo disfrutaba con
un gusto como si mi bicho fuera lo mejor de este mundo.
Empecé
a rozarle el culo con mis dedos y me dijo que a él nunca lo habían penetrado.
Le dije que yo lo haría. Le pedí que se sentara sobre mi bicho, que con mucha
lubricación iba a entrar. Se me sentó. Me costó trabajo, pero en esa posición
le abrí el culito para lo que venía.
Luego
de besarnos por un rato, le pedí que se arrodillara en el piso con los brazos
hacia la cama. Me fui detrás de él y le dije “mira como este bicho va a entrar
ahora solito”. Tambien arrodillado detrás de él, empecé a darle maceta de
verdad y él se dejaba que le comiera el culo como yo quisiera.
Llegó
un punto que me dijo que no aguantaba mas. Nos acostamos abrazados en la cama y
empecé a besarlo completo. Recuerdo claramente la forma de sus oídos, me
parecían hermosos y me los quería comer. El cuello, las tetillas, el abdomen,
todo en él era rico. Sentí que el tiempo se había detenido y que sólo
existíamos en el mundo él y yo.
Al
besarlo, sentía como se ponía mas bellaco. Le dije que lo quería clavar mós. Le
levanté las piernas y le dí una de las clavadas más cabrones que le he dado un
macho.
Cuando
salimos del cuarto para bañarnos, nos percatamos que habían pasado casi tres
horas. El se apresuró a bañarse, se vistió y se fué.

Todas
las mañanas en la cafetería, Paula y yo nos poníamos al día, a veces entre el
café y las tostadas. Cada cual le contaba al otro, la chingaera del día
anterior.
Me
encantaba entrar con ella a la cafetería. Nuestras entradas eran siempre
gloriosas. Yo con mi vendesueños y ella con su belleza, sentíamos que todos
paraban lo que estaban haciendo, sólo para mirarnos.
Teníamos
a los empleados revueltos y locos con nosotros. Tratábamos de adivinar quién
estaba interesado en quién. En esa categoría le gané a Paula porque de los dos,
fuí el que me tiré a uno de ellos.
La
clientela de la cafetería, en un momento dado, nos eran bien familiar. Había de
todo, hombres y mujeres, nenitos y loquitas, jóvenes y viejitos.
Paula
y yo teníamos a nuestros favoritos, entre ellos varios ingenieros. Uno de estos
ingenieros tenía a Paula bellaca, el Quique. Se pasaba ligándola, aunque yo le
decía a Paula que me ligaba a mi.
A
pesar de toda la miraera, el tipo no se acercaba a donde nosotros. Una mañana
fuí a donde él y le dije que mi amiga lo queria conocer. Me lo llevé a nuestra
mesa y allí por fin conocimos a Quique.
La
verdad que el tipo estaba bien bueno. Para Paula, Quique tenía un pequeno
problema, era velludo. Eso le molestaba mas, que el hecho de que era casado.
A los
dias de presentarlos, Paula se lo tiró en un motel. La muy cabrona venía a
darme fiero de la pingota que tenía el macho y de lo rico que chingaba. Yo le
decía que me lo acomodara, que hicieramos un trio. Ella simplemente me decía
que no podia con sus pelos.
Despues
de esa chingada, Paula lo canceló. No sé que le hizo, que tijereta, pero el
Quique quedó malo con Paula. Ella lo ignoraba.
El
pobre Quique buscó consuelo en mi. Me llamaba para desahogarse. Paula volvió a
salir con él, de tanto que se lo pedí. Pero de nada me sirvió ser su hombro de
lágrimas. Jamás me lo pude tirar. Tampoco a él le sirvió mucho la lloraera,
porque Paula terminó rechazándolo, a pesar de haberse separado de su esposa.
Lo
último que supimos del Quique es que habia regresado con su esposa y que se
había metido a la religión.
Todas
las manañas en la cafetería, Paula y yo nos poníamos al dia, a veces entre el
jugo de china y el medianoche. Cada cual le contaba al otro, a quién habíamos
enloquecido el día anterior.

A Tito
lo conocí en una de mis tantas locuras con Robles. A Orlando en uno de mis
trabajos. Tito quería repetir conmigo y Orlando quería clavarme.
Se
acercaba el cumpleaños de Tito. Luego de despertar de mi letargo con George, me
tiré a Tito en un trio con Robles. Lo más sabroso de Tito, es que me daba unas
mamadas de culo espectaculares. Valía la pena repetir.
A la
clara, una buena mamada de culo es una experiencia religiosa. Que te estén comiendo
ese culo a lengüetazo, como queriéndotelo arrancar, está cabrón de rico. Y si
lo hace un experto como Tito, es doblemente rico.
Desnudos
en mi cama, Tito y yo hablamos sobre nuestros pasados trabajos. De una de esas
referencias de trabajo, salió la coincidencia de que conocíamos a Orlando. El
sólo lo conocía de vista.
Orlando
era un compañero de trabajo, guapísimo, que siempre tuve mi sospecha que era
gay. Es muy masculino, lo suficiente para ponerme a dudar.
Ya no
tuve dudas cuando en la oficina me tiró un comentario que yo lo tomé como una
invitación a la cama.
A los
pocos días, la invitación me llegó formalmente, y como yo estaba como zombie
con George, le dije que no.
A
pesar que lo rechacé varias veces, nunca perdimos contacto. Me llamaba de vez
en cuando. Algo que siempre me halagaba de él, es que siempre que me veía, se
le paraba el bicho. A veces iba a su oficina, sólo para parárselo.
Tito
me confesó que siempre le había gustado Orlando y que nunca se había atrevido
decirle algo. En ese momento planifiqué el encuentro entre ambos, como un
regalito de cumpleaños para Tito.
Llamé
a Orlando y como siempre me preguntó cuando me comía el culo. Esta vez le dije
que quería bicho, que viniera para mi apartamento.
Llamé
a Tito y le dije que le tenía una sorpresa en mi apartamento. Lo cité a la
misma hora que cité Orlando.
El
primero en llegar fué Tito. Aunque un poquito gordo, Tito es bellísimo. Dice
que está haciendo ejercicios. Siempre que lo veo, lo veo igual de gordito.
Lo
primero que hice fué felicitarlo y decirle que le tenía un regalito. Ahí mismo
me llamó Orlando para que le diera más detalles de cómo llegar a mi
apartamento. Me dijo que estaba en camino y que en cinco minutos llegaba.
Orlando
llegó a mi apartamento con el bicho parao y con la sorpresa del party que
había montao.
Presenté
Orlando a Tito y sin encomendarme, los invité a la cama. Les dije que los
quería a los dos en mi cama en calzoncillos.
Cuando
los ví semidesnudos en mi cama, los dos temerosos de tocarse uno al otro, me
encendí como un petardo, de lo bellaco que me puse. Le dije a Orlando que Tito
besaba rico y daba unas mamadas de culo brutales. El me dijo que él también. Hay
party.
Me
quité la ropa. Completamente desnudo, me metí entre ellos, que me agarraron
para pelearse el roto de mi culo. Terminó esa pelea, uno mamándome el culo y
las bolas, el otro, la pinga.
De las tres pingas, la mía era la más grande. Cuando conocí a Tito, quería clavarme, pero lo arrebaté tanto, que terminó ensartao en mi maceta. Orlando sabía que iba a ser mas difícil clavarlo. Pero allí los tres estábamos para celebrarle el cumpleaños a Tito. Hay party.
Me
gusta mucho los hombres que sean muy orales en la cama. Yo no lo soy. Soy de
los que le gustan que le hagan, aunque besar me encanta. Pero no me beso con
todo el mundo.
Tener
a la vez a dos machos jueyes, tratando de demostrarle al otro, quién era mejor
besando, mamando culo y bichos, en caricias y masajes, fué un regalo brutal
para mí, a pesar que yo no era el que cumplía años. Finalmente, uno dominó al
otro y terminamos esa guerra, Orlando y yo maceteando a Tito.
Orlando salió de mi apartamento diciéndome que él regresaba, pero a comerme el culo. Hay party. Tito me dió las gracias, por haberle hecho realidad, una de sus más grandes fantasías. Happy Birthday to you.